EL ÚLTIMO ENCUENTRO

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Soplaba un viento frio por los viejos jirones de la ciudad señorial, el gris tenue de un invierno que ya debía haberse ido, pero que aún se resistía a darle paso a la primavera de otros tiempos calaba sigiloso entre los resquicios de los poros de cada transeúnte que presuroso buscaba el punto de llegada. Las nubes vacuas cubrían de un manto celeste gris y escondía el cielo de la ciudad, muy pocos miran al firmamento, sea de día o de noche, las estrellas son escasas, y cuando se quiere perder la vista en el infinito, viajan 10 minutos al oeste y disfrutan del crepúsculo, despidiendo al astro rey camuflado entre las nubes o contemplarlo entero, amarillo, naranja ó rojo, sencillamente circular hundiéndose en el mar lentamente, llevándose el halo de cielo en gamas celestes, ocres y rojas.

Limpiaba los trastos de la casa, laboriosa como siempre se le había ocurrido exterminar insectos indeseados que arrastraban sus asquerosas extremidades por toda la cocina al amparo de la oscuridad. Y bien, compró kerosene, seguro a dos cuadras de la casa, en aquella puerta de madera maltrecha frente al cruce de la avenida, o quizás en aquel callejón que estaba a dos cuadras de su casa. No podía imaginar, que aquella tarde el mundo se le pondría nuevamente al revés.

Habían pasado varios meses desde que se fue. De pronto decidió dejar la casa. Ella cree que no soportó más, agobiado por las deudas simplemente desapareció. Había soñado con él la noche anterior, lo escuchó tarearar su melodía de siempre, y en la confusión del recuerdo de lo soñado se vio caminando con él por la avenida, haciendo el mercado, riéndose de la seudo lectura del tarot que le hizo a la vecina; lo recordó apretándole las manos y consolando las lágrimas que asomaban a sus ojos, le volvió a sonreír como siempre lo hizo, sintió apretado el pecho, despertó sobresaltada, vio en la pequeña ventana teatina que estaba en el techo y dejaba entrever la luna redonda de la madrugada que aún no amanecía, un suspiro escapó de sus labios, llevó sus manos hacia la cabeza y solo se pregunto, por qué?. No tenía respuesta y es posible que nunca la tuviera.

Se encontró con él en la calle, no hacia muchas semanas de eso, tomaron un café, hablaron largo, se contaron ambos lo que hicieron los últimos meses. Hablaron tanto y en verdad no se dijeron nada, se despidieron sin decir más, sus miradas confesaban a sus inconscientes, y quien sabe hasta cuándo se volverían a encontrar. De nada servían los lamentos, el tiempo había pasado y sus caminos se bifurcaron después de haber caminado un largo sendero.

Eran aproximadamente las cinco de la tarde y ella afanosa en la tarea de limpieza olvido el sueño del amanecer. El dio mil vueltas, antes de decidirse e ir a verla, contaba los pasos se debatía entre la incertidumbre de encontrarla o no, entre saber que le diría si lo ve nuevamente en la casa, se imaginó cruzando el umbral del salón principal avanzado como si no hubiera transcurrido tanto tiempo, luego se sintió extraño en esa casona que ya no frecuentaba, que un día sintió suya, tuvo la extraña sensación de flotar sobre una densa neblina invernal y entonces percibió el frio fantasmal de los recuerdos olvidados. No necesito pretextos, aceleró el paso, metió las manos en los bolsillos, cogió la llave del antiguo portón con llamador de garra de león que aún conservaba e ingresó, el silencio era total, el canto rodado del zaguán de la casa daba paso a la cancela de madera, ni siquiera se escucharon el sonido de los goznes. Pisaba las mismas huellas que dejó la última vez que entró, se encaminó por el pasadizo lateral, seria sencillo para él realizar ese trayecto con los ojos vendados, luego de atravesar el traspatio escuchó algún sonido en el antiguo lavadero de la casa.

Cuando la vio, sonrieron sus ojos, el corazón se aceleró, temblaron sus piernas, se acercó lentamente, la abrazo y la beso, ella no pudo reaccionar, su corazón latía a mil por hora, el único susurro que escuchó fue –te extraño, te extraño muchísimo- ella respondió yo también, no te imaginas cuanto. Sus labios se habían fundido en un beso cargado de ansias, de ternura, de recuerdos, de descalabros de sus realidades; sus brazos se entrelazaron haciéndose por unos cuanto segundos un mismo ser, al separarse se miraron hondamente, se preguntaron al unísono ¿Cómo te va?, también respondieron a coro, allí bien, no fueron capaces de decirse más, regresaron al tiempo y espacio donde estaban.

Bueno me voy, prométeme que te cuidaras - dijo él - , finalmente se abrazaron, se dieron un beso de despedida, ella no dijo nada, sus ojos negros e inquietos gritaban lo que sentía, ambos sabían que no volverían a verse otra vez. La noche a la que dio paso esa tarde mágica, nunca más amaneció.

1 comentarios:

Aquiles Martin dijo...

Buena maestro. Nunca deje de escribir.